PARA PABLO,

LA FE NO ES UNA IDEA,

ES AMOR

 

Tema éste no sólo importante, sino fundamental. Fe y vida; fe y amor. ¿Se relacionan? ¿Cómo se relacionan? Si la fe fuera algo abstracto, ¿sería verdadera? Y si es algo concreto, ¿qué es? Vale la pena que reflexionemos sobre un tema semejante. Lo hacemos con Benedicto XVI.

Gregorio Rodríguez, cpcr.

 

 

Mediante la fe, el hombre obtiene la unión con Cristo. Esta fe, con todo, no es un pensamiento, una opinión o una idea. Esta fe es comunión con Cristo, que el Señor nos entrega y que por eso se convierte en vida, en conformidad con Él. Con otras palabras, la fe, si es verdadera, si es real, se convierte en amor, en caridad, se expresa en la caridad. Una fe sin caridad, que es su fruto, no sería verdadera fe. Sería una fe muerta.

En la carta a los Gálatas

Es importante que san Pablo, en la misma Carta a los Gálatas ponga, por una parte, el acento, de forma radical, en la gratuidad de la justificación, no en nuestras fuerzas, pero que, al mismo tiempo, subraye también la relación entre la fe y la caridad, entre la fe y las obras: «En Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad» (Ga 5,6). En consecuencia, están, por una parte, las «obras de la carne» que son fornicación, impureza, libertinaje, idolatría...» (Ga 5,19-21): todas, obras contrarias a la fe; por la otra, está la acción del Espíritu Santo, que alimenta la vida cristiana suscitando «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5,22): éstos son los frutos del Espíritu que surgen de la fe.

Nótese que al inicio de esta lista de virtudes se cita al ágape, el amor, y en la conclusión del dominio de sí. En realidad, el Espíritu, que es el Amor del Padre y del Hijo, infunde su primer don, el ágape, en nuestros corazones (cf Rm 5,5); y el ágape, el amor, para expresarse en plenitud exige el dominio de si...

Los creyentes saben que en el amor mutuo se encarna el amor de Dios y de Cristo, por medio del Espíritu. Volvamos a la Carta a los Gálatas. Aquí san Pablo dice que, llevando el peso unos de otros, los creyentes cumplen el mandamiento del amor (cf Ga 6,2). Justificados por el don de la fe en Cristo, estamos llamados a vivir en el amor a Cristo hacia el prójimo, porque es en este criterio en el que seremos juzgados al final de nuestra existencia. En realidad, Pablo no hace otra cosa que repetir lo que había dicho Jesús mismo y que se nos recuerda en el Evangelio, en la parábola del Juicio final.

Y en la Primera a los Corintios

En la Primera Carta a los Corintios, san Pablo se deshace en un famoso elogio al amor. Es el llamado himno a la caridad: «Aunque hablara las lenguas de los hombre y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe... La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés...» (1 Co 13,1.4-5). El amor cristiano es tan exigente porque surge del amor total de Cristo por nosotros: este amor que nos reclama, nos acoge, nos abraza, nos sostiene hasta atormentarnos, porque nos obliga a no vivir más para nosotros mismos, cerrados en nuestro egoísmo, sino para «Aquel que ha muerto y resucitado por nosotros» (cf 2 Co 5,15). El amor de Cristo nos hace ser en Él esa criatura nueva (cf 2 Co 5,17) que entra a formar parte de su Cuerpo místico que es la Iglesia.

Sin contradicción alguna: la fe opera por el amor

Desde esta perspectiva, la centralidad de la justificación sin las obras, objeto primario de la predicación de Pablo, no entra en contradicción con la fe que opera en el amor; al contrario, exige que nuestra misma fe se exprese en una vida según el Espíritu.

A menudo se ha visto una contraposición infundada entre la teología de san Pablo y la de Santiago, que en su carta escribe: «Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta» (2,26). En realidad, mientras Pablo se preocupa ante todo en demostrar que la fe en Cristo es necesaria y suficiente, Santiago, por su parte, pone el acento en las relaciones de consecuencia entre la fe y las obras (cf St 2,2-4). Por tanto, para Pablo y para Santiago, la fe operante en el amor atestigua el don gratuito de la justificación en Cristo. La salvación, recibida en Cristo, necesita ser guardada y testimoniada con «respeto y temor. Es Dios de hecho quien obra en vosotros el querer y el obrar como bien le parece. Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones... presentando la palabra de vida», dirá aún san Pablo a los cristianos de Filipos (cf Fi 2,12-14.16).

Basta de malentendidos

Con frecuencia tendemos a caer en los mismos malentendidos que han caracterizado a la comunidad de Corinto: aquellos cristianos pensaban que, habiendo sido justificados gratuitamente en Cristo por la fe, «todo les fuese lícito». Y pensaban, y a menudo parece que lo piensen los cristianos de hoy, que sea lícito crear divisiones en la Iglesia, Cuerpo de Cristo: celebrar la Eucaristía sin ocuparse de los hermanos más necesitados, aspirar a los mejores carismas sin darse cuenta de que son miembros unos de otros, etc. Las consecuencias de una fe que no se encarna en el amor son desastrosas, porque se recurre al arbitrio y al subjetivismo más nocivo para nosotros y para los hermanos.

Al contrario, siguiendo a san Pablo, debemos tomar conciencia renovada del hecho de que, precisamente porque hemos sido justificados en Cristo, no nos pertenecemos más a nosotros mismos, sino que nos hemos convertido en templo del Espíritu y somos llamados, por ello, a glorificar a Dios en nuestro cuerpo con toda nuestra existencia (cf 1 Co 6,19) . Sería un desprecio del inestimable valor de la justificación si, habiendo sido comprados al caro precio de la sangre de Cristo, no lo glorificásemos con nuestro cuerpo. En realidad, éste es precisamente nuestro culto «razonable» y al mismo tiempo «espiritual», por el que Pablo nos exhorta a «ofrecer nuestro cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (Rm 12,1). ¿A qué se reduciría una liturgia que se dirigiera sólo al Señor y que no se convirtiera, al mismo tiempo, en servicio a los hermanos, una fe que no se expresara en la caridad? Por eso, el Apóstol pone a menudo a sus comunidades frente al juicio final, con ocasión del cual todos «seremos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo en su vida mortal, el bien o el mal» (2 Co 5,10; cf también Rm 2,16). Y este pensamiento debe iluminarnos en nuestra vida de cada día.

La amistad con Cristo se concreta en el amor al prójimo

Si la ética que san Pablo propone a los creyentes se demuestra siempre actual para nosotros, es porque, cada vez, viene desde la relación personal y comunitaria con Cristo, para verificarse en la vida según el Espíritu. Esto es esencial: la ética cristiana no nace de un sistema de mandamientos, sino que es consecuencia de nuestra amistad con Cristo. Esta amistad influye en la vida: si es verdadera, se encarna y se realiza en el amor al prójimo. Por esto, cualquier decaimiento ético no se limita a la esfera individual, sino que, al mismo tiempo, devalúa la fe personal y comunitaria: de ella deriva y sobre ella incide de forma determinante.

Dejémonos por tanto alcanzar por la reconciliación, que Dios nos ha dado en Cristo, por el amor «loco» de Dios por nosotros: nada ni nadie nos podrá separar nunca de su amor (cf Rm 8,39). En esta certeza vivimos. Y esta certeza nos da la fuerza para vivir concretamente la fe que obra en el amor.

La conclusión es clara y contundente: creyendo en Cristo y unidos a Él, nuestra vida, nuestro concreto actuar no puede ser otro que el suyo, un gran amor que se olvida de sí para darse a los demás, por la acción del Espíritu de Cristo que actúa en nosotros. Por tanto, la fe que nos une a Cristo, es amor: se concreta en el amor; entonces es verdadera. Por eso justifica, es decir, perdona y salva. Vale la pena que lo meditemos detenidamente.

G.R.